HASTA SIEMPRE LOCO, RENÉ HOUSEMAN (El Loco)

(Por Luis Alberto Galarza )
En mi próximo libro “Purgatorio, Infierno y Paraíso, le dediqué unos capítulos.
RENÉ HOUSEMAN (El Loco)

El Loco Houseman

El Bajo Belgrano ocupaba once manzanas donde convivían en su mayoría gente de bien, aunque también albergaba a personajes que tejían sus redes mafiosas en los angostos pasillos donde cobraban peajes, vendían estupefacientes y manejaban la prostitución. Todos conocían quienes eran los cabecillas, pero se mantenía el código de silencio que regía en ese sub-mundo para el bienestar de la familia, rebelarse significaría poner en peligro la vida misma y la de algún miembro familiar. Un hombre alto, con una complexión física hasta grotesca, con brazos y manos descomunales y un rostro casi cortado por la mitad por una enfermedad congénita de labio leporino, agravado por múltiples cicatrices que lucía como trofeos de guerra era el jefe. Nadie conocía su nombre, sus íntimos lo llamaban simplemente “Banana”. Su pandilla o banda tenía la orden expresa de no cometer ninguna tropelía dentro de su territorio. A veces había enfrentamientos encarnizados, hasta lucha cuerpo a cuerpo, con otros grupos que se atrevían a invadir sus dominios.
Sin dudas, el personaje más famoso que habitaba la villa era el jugador de fútbol René Houseman -el “loco”-, delantero de la selección argentina. Se había casado con una paraguaya, oriunda de Villa Rica, hermosa muchachita de nombre Olga, que había hechizado al futbolista con sus ojos color mar, heredados de su abuela Branimira. Su fama iba en aumento desde aquel debut triunfal en el club Huracán bajo la dirección del gran técnico que luego sería campeón del mundo con la selección argentina; César Luis Menotti.
Para muchos, el entorno, su poca formación o su carácter libidinoso influyeron negativamente para frustrar una carrera que ya era considerada brillante, -aunque efímera- porque no logró consolidar económicamente ese potencial como el mejor wing de la Argentina. Amante del vino, de las juergas, de los placeres de la vida.
En la víspera de un partido importantísimo con uno de los clubes más importantes de la Argentina, el River Plate, Houseman festejaba el cumpleaños de su primogénito Diego hasta las primeras horas del día. La villa estaba de fiesta. Diferentes grupos musicales, entre ellos “Los Manseros Santiagueños”, famosos intérpretes de la música folklórica argentina, especialmente de la chacarera, ritmo vibrante parecido a la polka paraguaya. También Juan Carlos con el “Cabezón” y otros brindaban su arte en homenaje al cumpleañero. El “loco” estaba eufórico, a pesar de las múltiples recomendaciones de su bella esposa que bien la conocía. “Él no tiene límites, no acepta consejos, pero es un buen hombre, un chico grande” –decía ella. Era bondadoso al extremo de repartir toda una fortuna a los más necesitados que desfilaban frente a su domicilio particular.
El whisky, la cerveza y hasta champán corrían a raudales, mojando gargantas sedientas que nunca se aplacaban, como agujeros sin final.
René había prometido a su hijo marcar un gol ante “las gallinas”. Algo que parecía muy difícil de lograr mirándolo con los grandes ojos desorbitados, regurgitando mezclas de bebidas que buscaban una urgente salida por cualquier conducto corporal. Perdiendo la noción del tiempo y de la realidad se había quedado dormido soñando con su Santiago natal…”Santiago querido…repetía la voz del inefable Leo Dante (Leo Dan) hasta que la voz dulce de su esposa repite su nombre una y otra vez –dejáme dormir- le suplicaba él.
– Papi…papi…son las 14 horas…ya te llamaron como diez veces…ahora te pasan a buscar…¡hoy juegan contra River!….le prometiste a Diego hacer un gol contra ellos…
Como accionando un resorte invisible salta de la cama. Dos, tres trastabilladas y la cabeza bamboleando sin control lo obligaron a refugiarse otra vez en la cama. Olga vuelve y le dice unas palabras mágicas que le hizo reaccionar;
– Tu hijo ya está frente al televisor, espera ver el gol que le prometiste- Una ducha fría, cubitos de hielo en los genitales, un brebaje de hierbas medicinales del Paraguay y una medida de whisky obraron el milagro: Bajo el sol abrazador, René Houseman convertía un golazo al River en su propia cancha, finge una lesión, corre hasta su casa, abraza a su hijo Diego y nuevamente a la camita…a “apoliyar”…a dormir la mona.-

 

Autor entrada: Redacción